Primicia

Espacio dedicado a mi debut en el oficio periodista.

La búsqueda incesante de Oriette

oriette

Oriette D’Angelo es editora y fundadora de la plataforma digopalabra.txt. Cuenta con varios premios en su haber, incluído el de Autores Inéditos de Monte Ávila en el 2014, el cual se tradujo en la publicación de su poemario Cardiopatías en el 2016.

La mesa que habitualmente separa a entrevistado de entrevistador fue reemplazada por dos teclados de computadora separados por kilómetros de distancia. Chicago y Caracas, más que la inicial y las siete letras que las componen, ambas ciudades comparten el frío de unos inicios de año que, ingenuamente, desde la capital venezolana se siente radical: “Estamos en menos cuatro ahorita”, comenta Oriette cubierta con un suéter amarillo que contrasta con el ambiente mientras que hace juego con su semblante y el tono de su voz.

Con apenas 26 años de edad, a D’Angelo no le hace falta hurgar mucho rato en su memoria para recordar su primer contacto con la literatura cuando, a los 11, una tía le abrió las puertas del género del terror y del suspenso con libros de Mercedes Franco y Daniel Defoe. Más temprano que tarde, su curiosidad literaria rebasó las estanterías de las pocas librerías de Puerto La Cruz, donde vivía, lo que la llevó a una búsqueda mayor en la que las que las posibilidades, más que compensar su afán, lo expandieron: blogs, PDFs, lecturas en digital y todo lo demás que pudiera ofrecer el internet.

Fue la materia de literatura en el colegio la que marcó la pauta sin retorno, aunque fuera anunciada desde tiempo atrás cuando no era más que una niña que plasmaba sus dudas y emociones en diarios: “Siento que la escritura ha sido como un proceso de transformación e internalización para explicar los contextos en los que uno vive, creo que me sigo sintiendo así de alguna manera”.

Aunque el sendero ante el que se encontraba Oriette se viera recto y despejado de inicio a fin, siempre quiso estudiar derecho. Con varios abogados en la familia, desde muy temprano estuvo influenciada por ese mundo en el cual quiso especializarse desde su adolescencia. “Estudiar derecho fue una experiencia maravillosa pero ejercerlo fue algo que me hizo sentir profundamente miserable”, recuerda, con un tinte de melancolía por haber pasado cinco años sin estudiar lo que realmente anhelaba pero con la certeza de que fue lo necesario para darse cuenta de que su camino no iba por allí.

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Más que un desvío, el paso por las leyes fue más una vuelta en “U” que devolvió a Oriette a las letras y a lo digital. Luego de mudarse a Chicago, y habiendo tomado la decisión de estudiar periodismo, consiguió por serendipia el máster de Digital Communications en la DePaul University Chicago, el cual la sedujo casi de inmediato con materias de periodismo, marketing y diseño para poner al servicio de la causa literaria.

Si bien pareciera que su sendero por las letras se ha esclarecido totalmente, Oriette ha tenido que lidiar con otro tipo de percances al haberse mudado a un lugar en el que cambia, nada más y nada menos, que la estructura misma de su herramienta principal: el lenguaje. “Chicago no es como otras ciudades, que consigues grandes grupos que hablan español y que tienen tus propios intereses (…) y es frustrante porque siento que al tener que enfrentarme al inglés pierdo también una parte de mí, es decir, hay algo de mí que se va en ese proceso de traducción cerebro y hablar”, confiesa desde su experiencia de vivir en la en la especie de dualidad que acarrea el tener que acoplarse a un país al que se siente ajena: “Por eso es que también todas mis redes y todo lo que hago está en español, porque de otra forma no pudiera sentirme cien por ciento bien”.

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De manera inevitable el tema del exilio, latente desde el primer instante, se cuela sin más en la conversación. Su relación a lo montaña rusa con Venezuela y su pintoresca capital hizo que el proceso de partida fuera llevado de manera más paulatina que inmediata, lo cual no tuvo ningún efecto anestesiante ante el resultado final: “Por fin estaba consiguiendo algo, por fin estaba consiguiendo un sitio, estaba logrando muchas cosas allá y de repente llegar para acá y no ser nadie, fue muy difícil, muy difícil y sufrí mucho”.

Un lío de imágenes, recuerdos e ideales hacen de la relación de Oriette con el exilio algo no menos que complicado: “Soy muy inconforme en general y si tuviera que regresarme a Venezuela sé que extrañaría Estados Unidos, si me voy a otro país siento que extrañaría Estados Unidos y Venezuela”, reflexiona, a la vez que admite tener sueños recurrentes sobre la violencia en Caracas: “Hoy por lo menos soñé que tres personas entraban a mi apartamento y me querían robar el teléfono. Me decían que venían más tarde y que si no les daba el teléfono me iban a matar”. Episodios como este le ocurren hasta varias veces al mes, como si su subconsciente quisiera asegurarse de que no olvide nunca lo que alguna vez fue su realidad.

De alguna manera impuesta, de alguna manera inevitable, así  puede que sea vista  la azarosa cotidianidad de los caraqueños. Corría el año 2014, las guarimbas atestaban las calles mientras la presencia de policías y militares, atraídos a las protestas como moscas a la miel, aumentaba aquella fricción invisible que inundaba por completo la ciudad. Oriette recuerda que, en tales tiempos de agitación, Monte Ávila Editores comenzó a publicar un hashtag que rezaba “Todos somos Chávez”. Dos semanas después, la joven escritora decidió enviar Cardiopatías a un concurso de la misma editoral bajo la idea de ocupar espacios opuestos a sus ideas y opiniones: “Vamos a ver qué pasa aquí. Si yo conquisto este espacio, si mi libro llega a ganar este concurso y llega a salir publicado acá, yo quiero que la gente que no piensa como yo me lea”.

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Fue un día en el que estaba en un taller, Oriette revisó su celular y vio un aproximado de 16 llamadas perdidas: diez de su esposo, cinco de una amiga y una de José Javier Sáchez. Había ganado el concurso: “Creo que no lo podía creer, sobre todo porque el libro era muy político”, rememora entre risas y admitiendo que, en medio de su asombro, no hizo sino llorar.

Casi dos años fue el tiempo que tuvo que esperar para tener el ejemplar en físico en sus manos, momento que generó emociones bastante similares a las que sintió en la premiación: “También llorar mucho porque además yo no pude estar en la presentación y básicamente me he perdido todos los procesos del libro: no he podido verlo en librerías, no he podido hacer un bautizo, no he podido hacer una lectura (…) he visto cómo circula y todo su proceso, de nuevo, gracias a internet”.

El ser una espectadora un tanto omnisciente de su éxito no ha trastocado en lo más mínimo el propósito que siempre halla al escribir: “Creo que una de las cosas que más me gusta es lo que la literatura me ha hecho encontrar en los demás” y es, precisamente la comprobación de que se puede agitar a las personas mediante sus escritos lo que le da el impulso para seguir investigando y explorando. Al recibir el feedback de personas que se han identificado, de otras a las que no les ha gustado o hasta a las que ha movido es lo que crea esa conexión tan especial que otros tipos de expresión artística quizás no logren de igual manera.

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“Sé reconocer cuando una persona está detrás de algo o es genuina, eso lo valoro mucho”, la poeta asegura que el de la literatura es un mundo muy difícil en cuanto a competencia  se trata, no siempre se hace fácil encontrar a alguien que hace las cosas por ayudar o para mostrar algo real.

En la situación hipotética de poder hacer un día cualquier cosa que deseara, Oriette suspira y de inmediato contesta: “Creo que tendría una editorial súper ambiciosa que publicara en Estados Unidos a todos esos poetas que nunca han podido publicar nada y que son maravillosos. O a todos esos escritores que, teniendo muchísimo talento no consiguen publicar”. Las risas del ensueño se ven interrumpidas de súbito por una melodía familiar, como si se hubiera creado un portal en el espacio, se escucha en crescendo tanto en Caracas como en Chicago la famosa canción del carrito de un heladero: “Acabo de transportarme a Caracas”.

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Las barreras de un tiempo y un espacio que alguna vez estuvo consciente se desvanecieron. La entrevistada ríe mientras desmiente la creencia de que quizás haya en este mundo un desparasitante para el corazón: “Uno está en constante búsqueda y uno quiere respuestas pero al mismo tiempo sabes que cuando las consigues hay algo de la magia que se pierde, así que no, creo que no existe y si llega a existir y uno lo consigue pues hay muchas cosas que se van a perder y no quiero perder nada todavía”.

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Esta entrada fue publicada el 31 enero, 2017 por en Sin categoría.

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